POWER SPEAKING
The Art of the Exceptional Public Speaker
 

LA ORATORIA EFICAZ
El arte del orador excepcional – Parte III

El arte de la fluidez
Comunicamos más por lo que somos que por lo que decimos.
— Anónimo

No sé quién lo dijo. Encontré esta cita en la guía para participantes de un seminario en el que colaboraba. Creo que esta simple frase es la única gran verdad sobre la oratoria. Me llevó mucho tiempo comprender lo poderosa que es realmente la verdad. Me aterraba porque me obligaba a ir a la esencia de lo que soy: esa parte de mí que intento proteger y ocultar del público durante gran parte del día.

Irónicamente, es la misma verdad que se abalanzó sobre mí cuando comencé mis estudios como actor hace tres décadas. Al igual que muchos jóvenes estudiantes del conservatorio de arte dramático, quería aprender la técnica de la actuación. Ansiaba dominar el arte de la memoria sensorial y la creación del personaje. Buscaba absorber las enseñanzas de Stanislavski y Grotowski, dos de los grandes gurús del teatro del siglo XX, como si un acto febril de absorción pudiera convertirme, por ósmosis, en un gran actor. En cambio, esto fue lo que Tony Abeson, uno de mis primeros instructores de actuación, me pidió: “Conviértete en una persona interesante. Ten curiosidad por el mundo. Visita los museos. Medita sobre la naturaleza. Lee, lee, lee.”

Yo anhelaba la técnica. Tony me desafiaba a adquirir las cualidades intangibles que aportan color y carácter a cualquier técnica. Este libro, hasta aquí, se ha ocupado principalmente del perfeccionamiento del arte y de la técnica de un orador. En esta sección final, nos zambulliremos en nuestra psiquis y nuestros patrones de pensamiento. Se trata de nuestro propio paisaje subterráneo que moldea todo lo que hacemos. Nuestra comprensión conciente de este paisaje es el único factor imprescindible para desatar el poder de nuestra oratoria. Es aquí donde nos desharemos de la técnica para poder dominarla verdaderamente y trascenderla.

Escribo estas palabras una semana después del fallecimiento de Katharine Hepburn, una de las actrices más admiradas del siglo veinte. En el raudal de perfiles y homenajes televisivos que se difundieron en los medios, recuerdo en particular una entrevista. Un vecino y amigo cercano de los últimos años de la Sra. Hepburn era interrogado sobre qué pensaba Katharine Hepburn sobre la última generación de actrices. “Le gustaba mucho Sally Field”, dijo después de un breve titubeo. “¿Sally Field?”, repitió el entrevistador, incrédulo y evidentemente sorprendido por la respuesta. “¿Y qué pensaba la Sra. Hepburn de Meryl Streep?”, insistió el entrevistador, en un intento por obtener una respuesta más entusiasta. El amigo de la Sra. Katharine hizo una pausa, como midiendo cuidadosamente su respuesta, y luego dijo: “Bueno, la Sra. Hepburn opinaba que la Sra. Streep se esforzaba demasiado.” Y luego, como para suavizar su opinión, agregó con una sonrisa: “Estoy seguro de que su opinión sobre el trabajo más reciente de la Sra. Streep sería diferente.”

Lo que describió este caballero, de manera clara y sucinta, es la curva de aprendizaje de todo intérprete. Recién salida de la escuela, provista de un montón de talento y muchísimo, muchísimo arte, es de esperar que se transforme en la intérprete madura que ha aprendido muchas lecciones de vida y está dispuesta a que se vean reflejadas en su trabajo. Para volver a una frase que acuñamos antes, ella aprende a salir de sí misma. A medida que el arte se va asimilando, el esfuerzo se desvanece y se vuelve invisible. De alguna manera, la intérprete “emana" su personaje. La intérprete y la interpretación se funden en un todo impenetrable.

La evolución del orador

La curva hacia la oratoria eficaz sigue una trayectoria similar. Si la técnica es sólo eso, un conjunto de trucos y herramientas, y no se integra por completo a la forma de “ser” del orador frente al grupo, habrá siempre una distancia entre la audiencia y el orador. El público se sentará y observará a un orador trabajando. La técnica y el uso visible que de ella se hace pasan a ser una barrera. Impedirán que la audiencia se entregue a la presentación. Es posible que se estén preguntado cómo se resuelve este dilema. ¿Cómo logro dar ese salto que va de la técnica y un puñado de habilidades a "simplemente ser"? ¿Estableciendo una comunión con mi público con eficacia y seducción? ¿Esto significa que debo esperar treinta años para tener la experiencia de vida que mágicamente le dará color y forma a la manera con que hablo en público?

Ante todo, lo bueno es que, remontándonos a la cita con que iniciamos esta sección: Rara vez se trata del contenido de lo que decimos, se trata más bien de los que irradiamos desde adentro. A mis clientes les gusta disputar sobre esto con uñas y dientes. Escucho una y otra vez: “¿Qué puedo hacer? el contenido que presento es árido y aburrido.” En cierta medida, me identifico con ellos. Algunos presentadores tienen que exponer contenidos que pocas personas considerarían atractivos o motivadores. Dar una charla sobre un acontecimiento personal transformador es seguramente mucho más fascinante que hablar sobre el cumplimiento de las normas obligatorias de seguridad estipuladas por el gobierno. Pero pierdan cuidado: He visto a más de un orador hacer trizas una historia personal con carga emocional y a muchos otros hablando de procedimientos de seguridad con gracia y elocuencia.

Aprendí esta lección, de una vez por todas, cuando comencé a dar seminarios para Langevin Learning Services, la compañía líder mundial de formación de formadores. Al poco tiempo, me encontré organizando dieciocho seminarios diferentes para esta compañía y como cualquier orador, hay temas que me gustan más que otros. El seminario que menos me gustó, por mucho, fue un curso de dos días sobre gestión de proyectos. Me aterrorizó la idea de preparar este seminario cuando me lo asignaron por primera vez. Lo postergué todo lo que pude. He gestionado proyectos y algo que tengo muy claro es que no soy un apasionado de la gestión de proyectos. No disfruto los aspectos administrativos de la gestión de proyectos. No me gusta ejecutar varias tareas al mismo tiempo. No me interesa demasiado motivar a los miembros del equipo con bajo desempeño. A decir verdad, me resisto firmemente a todo aquello que es esencial para ser un buen gestor de proyectos.

Resultó ser uno de mis seminarios más exitosos para Langevin Learning Services.

Este seminario, de alguna manera, se convirtió en mi propio maestro de oratoria. Debido a que no podía confiar en mi interés por el contenido que iba a presentar, tuve que calar hondo para encontrar una razón para ponerme de pie y presentar el material (y esto implicaba ir más allá del incentivo del pago). Tuve que llegar al fondo de lo que era y valoraba. En primer lugar, ¿qué me daba derecho a ponerme de pie y hablar ante el público? Si no era el contenido, ¿qué era lo que realmente me importaba cuando hablaba? ¿Tenía alguna otra razón subyacente para hablar en público? ¿Qué valoraba de este curioso y mágico acto de establecer comunicación con una audiencia?

El plano de la evolución

En esta tercera sección, miraremos más allá de lo superficial y examinaremos las intenciones personales del orador. En primer lugar, lo invitaré a investigar sus valores personales, es decir la razón íntima y secreta por la que usted se pone de pie para hablar frente a un grupo. Es decir, esa propiedad que se mantiene constante, independientemente del tema de que se trate la presentación en particular. Exploraremos formas de cristalizar estos valores y hacerlos conscientes. Y luego prestaremos atención a cualquier obstáculo o barrera que impida que estas intenciones resuenen sin restricciones. No las barreras físicas o vocales, de las ya nos ocupamos con detalle en la primera sección del libro. Lo que deseamos eliminar son los obstáculos psíquicos que podrían impedirle brillar en público.

Lo comparo con lo que hacemos al mirar una casa. A muchos de nosotros nos gusta la casa recién pintada que se ve impecable e inmaculada. Es linda, pero a menudo impenetrable. Siempre me ha generado más intriga la casa levemente deteriorada, algo despintada que revela una capa anterior de pintura. Los colores debajo del color de la superficie. La base debajo del revestimiento. Los orígenes del edificio, si lo prefiere. Mi padre era arquitecto y crecí estudiando los planos de los edificios que iba a construir. Ya desde niño, comprendí que estos planos constituían los cimientos de todo edificio sólido. Eran la manifestación tangible de una visión clara y específica de la excelencia. No importa cuánto una persona decore la casa por fuera, si el plano no se traza y ejecuta con solidez, la casa terminará resquebrajándose y derrumbándose.

Por ello, exploremos entonces el plano de un orador. Para facilitar nuestra exploración, he sintetizado este mapa humano aparentemente escurridizo en cuatro principios particulares. Estos cuatro principios, y nuestra relación con cada uno de ellos, componen la base de lo que investigaremos y puliremos. Nuestra capacidad de entablar un diálogo con estos factores tendrá una influencia tremendamente poderosa sobre nuestro alcance como oradores. Puesto que deseo incitarlo a la acción, he expresado estos cuatro principios en términos del lenguaje de acción:

  1. Distinga los valores personales que dan forma a cada uno de sus encuentros.
  2. Libere sus miedos
  3. Déle espacio a su espontaneidad.
  4. Vaya más allá de sus propios límites.

Considere esta sección como tarea para el hogar. Estos trabajos implican una exploración personal que deberá llevar a cabo sin la presencia de otras personas. La claridad que encuentre en estas exploraciones llevarán su experiencia como orador a un terreno enteramente nuevo, un plano superior, más resonante y verdaderamente poderoso. Lo acercará a esos momentos mágicos de fluidez, en los que todo lo que emprende parece desplegarse sin esfuerzo. También lo ayudará a transformar cada relación que entable, en cualquier momento de su vida. Y este acto de relacionarse, espero que a esta altura haya quedado claro, es el verdadero secreto de hablar con otras personas.

 
$19.95, 6 x 9, 256 pages
Paperback, ISBN 1-58115-361-9

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